Las razones del rotundo triunfo del vampiro en la
literatura han sido objeto de mil y una consideraciones por mil y un
pensadores, expertos y eruditos, pero básicamente es lugar común en todas ellas
conceder una relevante importancia a dos factores: la sexualidad intrínseca de
la relación del "no-muerto" con la víctima (además del galanteo que
el personaje interpreta con todas las manifestaciones y
"desviaciones" de la sensualidad), y la eterna magia simbólica de la
sangre como receptáculo de la vida y de la enigmática muerte... Magníficos
ingredientes para excitar la pasión por lo "oculto" y lo
"reprimido" en la psique humana. ¿Quién puede resistirse al vampiro,
el monstruo romántico? En el fuero más profundo de nuestra condición parece
subyacer el anhelo de libertad de toda atadura moral: la mayoría de los hombres
desearíamos ser libres de remordimientos como lo es el vampiro y, al igual que
él, aventurarnos en los misterios de la muerte... O lo que puede que sea peor
aún: Desearíamos ser su presa, ser vencidos sin culpa por su incontestable
voluptuosidad.

Los
escritores de terror y ficción, sin embargo, bien por intuición o bien por
nostalgia se negaron a dar entierro definitivo a un personaje tan emblemático y
querido como el vampiro, a pesar de lo muy difunto que parecía haber quedado en
su no-muerte. Fueron diversos los intentos de adaptar la figura del vampiro a
los nuevos tiempos, Stephen KIng, por ejemplo, quien con Salem's Lost tomó al
vampiro cásico y lo mudó desde su castillo gótico a la casa de al lado.No
obstante, y pese a su valor literario, quedó muy lejos de impresionar el alma
humana como en su día lo hicieran la sensual Carmilla de Sheridan LeFanu o el
poderoso Drácula de Stoker

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